martes 5 de julio de 2011

Capítulo XI: Habitantes del lenguaje.

Sigamos introduciéndonos en algunos conceptos del marco psicoanalítico, pero antes señalemos en forma muy breve algunos puntos en relación con la importancia del lenguaje.

Más allá de ser un agente principal en la comunicación de los seres humanos, podríamos agregar que el lenguaje es responsable de la construcción de la subjetividad, lo que ya nos deja parados frente a una realidad muchas veces ignorada: el sujeto es algo a construir, no es algo dado de antemano. Es en y por el lenguaje que nos constituimos como sujetos. ¿Cómo es esto? Para intentar dar una respuesta a esta pregunta, me gustaría comenzar este capítulo acercándoles a ustedes algunas de las ideas de Ernst Cassirer (1847-1945). Este filósofo alemán cuestionó las ideas aristotélicas que postulan al hombre como un ser puramente racional. Cabe aclarar que Cassirer no niega la propuesta aristotélica, sino que la amplía. Es decir, según su pensamiento, no alcanza con postular al hombre como un ser vivo de alma racional, existen infinidad de conductas realizadas habitualmente por el hombre que no pueden ser leídas puramente como actos racionales. Para él, sería más acertado decir que el hombre es un animal simbólico.

Estudios realizados muestran que al comparar el desarrollo evolutivo de los chimpancés y de los niños, los primeros presentan algunas habilidades en forma más precoz que los segundos, es decir, presentan una cierta rapidez en el desarrollo en relación con los seres humanos. Pero la historia toma un giro radical cuando el niño comienza a adquirir el lenguaje. Debido al “baño del lenguaje”, la brecha entre humanos y animales se acrecienta velozmente y el niño comienza a transitar caminos diferentes al del primate. Esto nos deja frente a una primera y gran diferenciación entre el hombre y el resto de los animales: la de vivir en un “universo simbólico”, vivir a través de símbolos. El hombre ha logrado adaptarse y transformar la naturaleza a través del uso de símbolos y con ellos ha dado lugar al advenimiento de la cultura. Armamos categorías y reconocemos los objetos de nuestra cultura a través del lenguaje. Es el marco cultural, expresado a través de formas simbólicas como artes, ciencias, religión y mitos, el que constituye suelo y telón de fondo donde el ser humano desarrolla sus actividades. El lenguaje, código compartido y común de los seres humanos, nos permite apropiarnos de los objetos presentes en nuestra cultura. Pasando por el lenguaje los objetos adquieren su sentido, pero no sólo ellos lo hacen.

La especie humana es una especie que podemos denominar Altricial. Se denomina así a las especies cuyos cachorros nacen en un notorio estado de inmadurez e indefensión. Debido a esto, el ser humano necesita que le brinden alimentación y cuidados durante un tiempo bastante prolongado luego de su nacimiento. Por otra parte, las especies Precociales son aquellas cuyos cachorros al nacer no presentan este estado de inmadurez y pueden, por ejemplo, caminar a los pocos minutos de haber nacido. Por tanto, el ser humano nace en un estado de indefensión total y depende de los cuidados de un Otro para sobrevivir. Estos cuidados van más allá del orden de la pura necesidad. El Dr. René Spitz publicó en 1965 su famoso estudio El primer año de vida del niño, donde relata el origen de una suerte de marasmo profundo en bebés, también conocido como síndrome de “hospitalismo”, cuya causa se remite a la falta de cuidados maternos en los primeros meses de vida del niño. El autor demostró que aquellos bebés carentes de contacto afectivo –no sólo corporal sino a través de la palabra– en los primeros meses de vida, a pesar de tener todas las necesidades básicas cubiertas (hambre, higiene, sueño, etc.), caían en un estado de debilitamiento, estupor, rechazo a la comida, pérdida de peso e, incluso, morían. Teniendo en cuenta los estudios de Spitz, podemos comenzar a ver que el lenguaje humano moviliza y transmite mucho más que simple información.

El lenguaje hace de ese organismo habitado por puro reflejo, un cuerpo. Cincelados por la palabra significante entramos a lo simbólico, siempre y cuando haya un Otro dispuesto a acogernos. Alienación imprescindible y fundacional que deberá ceder ante una separación necesaria. Tiempos indispensables. Marcas que, como arte primitivo, dan cuenta de un tiempo anterior en la vida de cada ser humano.


Capítulo X: Un saber no sabido.

Si decimos psicoanálisis, una de las primeras imágenes que se nos viene a la cabeza, sino la primera, es la de un señor con barba y pipa llamado Sigmund Freud. En efecto, Freud es conocido como el padre del psicoanálisis. Nació allá por 1856 en Freiberg, Moravia, pero rápidamente su familia se mudó a Viena donde Freud pasó la mayor parte de su vida. Murió en Londres en el año 1939. Estudió medicina y dio los primeros pasos en su profesión en el Hospital General de Viena. Sus comienzos estuvieron marcados por un gran interés en el estudio del sistema nervioso pero, poco a poco, empezó a sentirse atraído por algunos casos que la ciencia médica dejaba de lado. Dolores atípicos, parálisis e imposibilidades, algunas enfermedades atacaban el cuerpo y la medicina no podía dar respuestas. Uno de los primeros grandes aciertos de Freud fue desligarse no sólo del discurso médico imperante sino también de los postulados que profesaba la psicología de aquellos tiempos: solamente darles lugar a los actos de conciencia. Esta concepción psicológica, reinante hasta ese momento, suponía intencionalidad y voluntad plena en los actos de un sujeto que sabía y conocía de sí mismo. A Freud esto lo interrogó, no todo era producto de la voluntad consciente de los sujetos. El joven médico no dudó y decidió emprender un camino distinto.

Frente a esta nueva y desconcertante realidad Freud viajó a París. Allí, de la mano de un médico de apellido Charcot, comenzó a interiorizarse en la cura por medio de hipnosis de algunas parálisis que no respondían a causas orgánicas, cuadros conocidos como parálisis histéricas. De regreso en Viena, Freud comenzaría a escribir las primeras páginas de un método que revolucionaría la manera de concebir al hombre.

Freud escribiría lo siguiente sobre la modalidad de trabajo en la terapia hipnótica: “Prohibir en todos los casos, de idéntica manera y con el mismo ceremonial, la existencia de los más variados síntomas, sin poder aprehender nada de su sentido y su significado. Era un trabajo de practicón, no una actividad científica, y recordaba a la magia, el encantamiento y el arte de la prestidigitación”.[1] Alejado de las concepciones duras que dominan la terapia hipnótica, Freud desarrolló una terapéutica muy distinta de las otras, la que, según sus propias palabras, no actúa como una cosmética sino como una verdadera cirugía.

“La terapia hipnótica deja a los pacientes inactivos e inmodificados, y por eso, igualmente, sin capacidad de resistir cualquier nueva ocasión de enfermar.”[2] La cura mediante terapia hipnótica deja como saldo un sujeto inactivo, sin modificación real que sirva de pantalla ante la posibilidad de volver a enfermar. Esto es lo que escribiría Freud, sobre aquellos que llevan adelante la práctica de la terapia hipnótica: “La sugestión directa es una sugestión dirigida contra la exteriorización de los síntomas, una lucha entre la autoridad de ustedes y los motivos de la enfermedad. Al practicarla, ustedes no hacen caso de estos motivos; sólo exigen al enfermo que sofoque su exteriorización en síntomas”.[3] Aquel que cura mediante terapia hipnótica está en el lugar del hipnotizador. Un lugar de amo que todo lo sabe y, por medio de sus palabras y sugestión, cree lograr verdaderos cambios subjetivos. Sin embargo, tal como lo dice Freud: “Pasado algún tiempo, cuando se volvía a tener noticias del enfermo, la vieja dolencia estaba otra vez ahí o había sido sustituida por una nueva”.[4]

Si algo caracterizó a Freud fue la gran articulación entre la teoría y la práctica que desarrolló a lo largo de su obra. Quiero decir con esto que Freud no estaba sentado en un escritorio fumando pipa y divagando sobre teorías sexuales, mujeres histéricas y niños fóbicos. Fue un investigador incansable y sus trabajos tuvieron una clara apoyatura clínica, en un ida y vuelta que enriquecía notablemente sus notas teóricas. Muchísimas páginas fueron escritas por el padre del psicoanálisis y sus notas teóricas sufrieron las más diversas modificaciones a lo largo de los años. Quien haya leído alguna vez a Freud habrá percibido que él no tenía ningún tipo de prurito en reconocer errores y pensar los modos posibles de superar los obstáculos y las fallas con las que se encontraba cotidianamente en su clínica. Dueño de una escritura magistral –desarrollada en forma mayoritaria en idioma alemán– elegía en forma muy precisa las palabras que empleaba en sus escritos. Ha sido reconocido no sólo por sus descubrimientos científicos, sino también por su gran estilo literario.

Como usted sabrá, el descubrimiento del Inconsciente es el hallazgo mayor atribuido a Freud. Esto no quiere decir que antes de él no existiera el término inconsciente, lo que sucedió es que Freud le dio una conceptualización diferente e inédita. Freud inventó un nuevo inconsciente.

Freud le dio lugar a todo aquello que la ciencia de su época no reconocía: el estudio de los actos fallidos –esas palabras que se nos escapan de la boca como si Otro hubiera hablado por nosotros–, indagó en el olvido de nombres propios –nombres que conocemos pero, de repente, al querer traerlos a la conciencia no aparecen–, se preguntó acerca de la relación entre los chistes y las determinaciones inconscientes y, como todos saben, le dio lugar al estudio de los sueños y su carácter enigmático. Del estudio de todas estas psicopatologías de la vida cotidiana se fueron recortando las primeras conceptualizaciones de la teoría psicoanalítica. En el hombre no había sólo conciencia, no era todo voluntad. Todos los fenómenos del inconsciente se manifestaban en los hombres de manera no voluntaria. Desde que Freud mostró al mundo sus investigaciones, las cosas ya no volvieron a ser iguales. Las producciones del inconsciente, desechadas por la ciencia de la época, tenían un sentido. Existía un saber distinto del saber consciente. Este saber, no sabido por la persona, se dejaba escuchar en los actos fallidos, olvidos, sueños, síntomas, etc. Un saber tan íntimo al sujeto y a la vez tan extraño. El inconsciente freudiano había nacido.

“…la vida o los venideros años no dependen de lo que se hace, sino de lo que se sabe de uno, de lo que se sabe que ha hecho y de lo que no se sabe porque no hubo testigos y se ha callado. Quizás hay que aceptar el engaño, que es parte de la verdad, como la verdad del engaño, nuestro pensamiento es oscilante y ambiguo y no tolera que no haya recelos, para él habrá siempre zonas de sombra…”[5]

Un inconsciente que responde a leyes de funcionamiento y se hace presente de manera sorpresiva, algo habló allí donde yo no me reconozco. Un inconsciente insistente, pulsátil, engendrado en los tropiezos, capaz de producir un hallazgo con dimensión de sorpresa. Lacan hace esta lectura del inconsciente freudiano, un inconsciente que no está en un lugar ubicable, un inconsciente que se abre y que se cierra denunciando una dimensión de verdad en el sujeto. Efecto de verdad que deja ver la inconsistencia misma del ser, que deja al descubierto la división que nos atraviesa. ¿Por qué? Porque pensarnos como seres amos absolutos de nuestras voluntades que manejamos en plena forma consciente; desde el descubrimiento freudiano, es algo que se hace imposible de sostener. Habrán escuchado alguna vez frases como las siguientes: “Nosotros los de Aries somos impulsivos” o “La gente de Tauro tiene mucha paciencia”; algunas veces la gente se hace cargo de estas etiquetas y va por la vida justificando sus actos, otorgándoles un sentido astrológico a sus acciones. Pero si nos alejamos un poco de esta concepción que supone influencia planetaria a nuestros actos y nos acercamos más a la idea de que hay un inconsciente que se manifiesta a pesar de mí, la idea de un “Yo soy” comienza a tambalear.

Si yo hablo y sostengo una posición particular respecto de cualquier tema –el que usted quiera– y hablo de esto como algo muy mío, algo del estilo “Yo soy así”, pero de pronto me encuentro soñando cosas que me resultan contradictorias o enigmáticas con lo que yo creo que soy, entonces, ¿cuál soy yo? ¿El que dice o el que sueña? La respuesta es: los dos. Escribió Freud: “¿Debemos asumir la responsabilidad por el contenido de nuestros sueños? […] Desde luego, uno debe considerarse responsable por sus mociones oníricas malas”. Claro que uno puede desentenderse y no estar de acuerdo con la postura del psicoanálisis, pero si uno hace lugar a esto que se nos presenta como desconocido: “Puedo llegar a averiguar que eso desmentido por mí no sólo –está– en mí, sino en ocasiones –produce efectos– desde mí”.[6]

Lo que quiero transmitirles es que en el Ser hay algo que no logra colmarse y hace que ese “Yo soy” muchas veces entre en dudas, porque, ¿cuántas cosas somos? Borges escribió alguna vez: “Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir no soy”.[7]

Jacques Lacan nació en París en el año 1901 y murió en la misma ciudad en el año 1981. Cursó estudios en medicina, se especializó en psiquiatría, pero rápidamente fue seducido por la teoría psicoanalítica de Freud. Lacan propuso un retorno a Freud. Algunos psicoanalistas post-freudianos, según Lacan, habían equivocado el camino propuesto por el padre del psicoanálisis. El francés propuso una vuelta a Freud y realizó una relectura de su obra. Una de las genialidades de Lacan fue haber leído a Freud en alemán –recordemos que él era francés– para lograr una mayor comprensión de lo que Freud intentaba transmitir. Las traducciones de la época no eran muy fiables y mucha información se perdía debido a que no se comprendía lo escrito por Freud, o porque el que traducía no lograba atrapar el sentido de lo que se pretendía decir. Lacan no sólo leyó a Freud; influido por la lingüística, el estructuralismo y la filosofía, nos dejó una manera de pensar la clínica con un estilo muy particular. Quizás usted haya escuchado esta especie de dicotomía que divide Freud o Lacan, es el mismo Lacan quien nos da una respuesta a esta absurda rivalidad al pronunciar en su Conferencia de Caracas: “Sean ustedes lacanianos si quieren, yo soy freudiano”.

“Su mente se deslizó por el laberíntico mundo del doblepensar. Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella.”[8]

El 24 de marzo de 1973 Pink Floyd lanzó al mercado su disco The dark side of the moon –El lado oscuro de la luna–. Con una estética musical incomparable, el noveno disco de la banda quedó en la historia del rock como un clásico que está presente en la actualidad y la memoria de todos los amantes de la buena música. Ha vendido tantas copias que se cree que en este momento, en algún lugar del mundo, el disco está siendo escuchado por alguien. Disfrutar del sonido del disco es aventurarse a un viaje narcotizante que invita a disfrutar de buena música y, a la vez, a reflexionar sobre lo efímero de la vida, el dinero, la guerra y la locura. Muchas interpretaciones se han hecho acerca de qué es lo que se entiende por el lado oscuro de la luna. Se ha dicho, por ejemplo, que ese lado oscuro simboliza nuestro inconsciente. Un inconsciente que no vemos pero que tiene una existencia oculta en las profundidades del psiquismo. Esto daría cuenta de un costado enigmático, inaccesible o poco comprensible que todos los seres humanos tenemos y con el cual convivimos. Si bien podría ser una interpretación válida para la propuesta que nos trae el disco, lo inconsciente, como tal, no es tan simple de definir:

“Que lo inconsciente sea inconsciente no es lo característico. Lo inconsciente no es una característica negativa. Hay en mi cuerpo infinidad de cosas de las que no soy consciente, lo que no forma en absoluto parte del inconsciente freudiano.”[9]

Atento a la justa apreciación de un colega, es en este punto donde debo hacerle a usted una advertencia: el desarrollo que sigue a continuación, hasta la finalización del presente capítulo, puede llegar a resultarle un tanto, digámoslo así, difícil de asimilar. Cuestión que no debe presentársele como barrera infranqueable al momento de seguir con la lectura, ya que, como sucede a menudo, aunque el camino sea escabroso es mejor transitarlo que permanecer varado.

Una de las maneras en que Lacan define el inconsciente, apoyado en la lectura que él efectúa sobre el trabajo realizado por Freud, es: el inconsciente es lo que decimos.[10] Lo primero que podemos sugerir en relación con esta frase es que el inconsciente se hace presente en acto, en el acto mismo de hablar: “es lo que decimos”. Claro que, siguiendo a Lacan, hay que agregar que el sujeto que pronuncia algo, de esto no tiene ninguna clase de idea: “Hay en el inconsciente cosas significantes que se repiten y corren constantemente a espaldas del sujeto”.[11] Entonces, es lo que decimos pero si esto se presenta a nuestras espaldas… no sabemos qué decimos. ¿Cómo se puede entender esto? Quizás un buen modo de plantearlo es pensar que hay algo en el hablar que se encuentra en un plano distinto de lo enunciado; hay algo en el hablar que se filtra y que tiene un sentido, no sabemos que al hablar decimos algo más que lo dicho.

Lacan insistió a lo largo de su obra con otra frase, un tanto más enigmática y a simple vista paradójica: el inconsciente es el discurso del Otro. Lo primero que se puede pensar es: “Si es inconsciente es mío, ¿cómo va a ser del Otro?” Vayamos por partes. Como ven, Otro está escrito con mayúsculas: “Para poder orientarse en cuanto al funcionamiento del sujeto hay que definir a este Otro como el lugar de la palabra. No es desde dónde la palabra se emite, sino dónde cobra su valor, de palabra, es decir dónde esta inaugura la dimensión de verdad”.[12]

¿Qué extraemos de esta definición del Otro que nos propone Lacan?

En principio, la cita nos muestra a un Otro que no es cualquier otro. Otro, con mayúsculas, para marcar que existe una alteridad fundamental entre él y el sujeto. ¿Qué quiere decir que existe una alteridad fundamental entre él y el sujeto? Quiere decir que no se trata simplemente de la relación del sujeto con el otro como semejante, con el par. Lacan va más allá de esto y nos dice que este Otro corresponde a un lugar. Un lugar desde donde las palabras cobran su valor, inaugurando la dimensión de verdad.

Iremos viendo cómo ese lugar del Otro se encarna, cuáles son las consecuencias de nacer dependiente de un Otro desde donde se valida lo dicho y cómo se enlaza esto con la noción de inconsciente.

“El inconsciente no es una especie que define en la realidad psíquica el círculo de lo que no tiene el atributo (o la virtud) de la conciencia.”[13]

Avancemos un poco más y veamos qué nos propone Lacan en su escrito Palabra vacía y palabra plena en la realización psicoanalítica del sujeto:

“El inconsciente es aquella parte del discurso concreto en cuanto transindividual que falta a la disposición del sujeto para restablecer la continuidad de su discurso consciente. Así desaparece la paradoja que presenta la noción del inconsciente, si se la refiere a una realidad individual.”

Este primer recorte del texto deja entrever lo que renglones más arriba intentamos dar a conocer bajo la frase de Lacan el inconsciente es el discurso del Otro. Es decir, no sólo parece que no somos exclusivos propietarios de nuestro inconsciente –es aquella parte del discurso concreto en cuanto transindividual–, sino que además a esto se agrega una idea antes sugerida: falta a la disposición del sujeto.

Continúa Lacan: “[…] El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un blanco u ocupado por un embuste: es el capítulo censurado. Pero la verdad puede volverse a encontrar; lo más a menudo ya está escrita en otra parte”.

¿En qué terrenos anida esta verdad a encontrar? Veremos que no precisamente en un manual.

Escribió Lacan: “[…] En los monumentos: y esto es mi cuerpo, es decir el núcleo histérico de la neurosis donde el síntoma histérico muestra la estructura de un lenguaje y se descifra como una inscripción que, una vez recogida, puede sin pérdida grave ser destruida; en los documentos de archivos también: y son los recuerdos de mi infancia, impenetrables tanto como ellos, cuando no conozco su proveniencia; en la evolución semántica: y esto responde al stock y a las acepciones del vocabulario que me es particular, como al estilo de mi vida y a mi carácter; en la tradición también, y aun en las leyendas que bajo una forma heroificada vehiculan mi historia[14]; en los rastros, finalmente, que conservan inevitablemente las distorsiones, necesitadas para la conexión del capítulo adulterado con los capítulos que lo enmarcan, y cuyo sentido restablecerá mi exégesis”.

Un cuerpo cifrado que habla a través de sus síntomas, recuerdos nítidos o inaccesibles, un camino singular recorrido, mitos que nos anteceden y contribuyen a la formación de nuestra propia novela familiar; terrenos propicios para ir al encuentro de esa verdad que posibilitará una re-escritura inédita de nuestra historia, equívocamente llamada personal.

Finalizando este capítulo sería conveniente señalar al menos dos cuestiones que dejan al descubierto estas frases de Lacan sobre el inconsciente, ellas son: El inconsciente es lo que decimos y El inconsciente es el discurso del Otro. La primera de ellas rompe con la idea de practicar una psicología de las profundidades. No es allí donde se encontraría el inconsciente sino en la superficie, en lo que decimos, pero no olvidemos que esto falta a la disposición del sujeto, de lo cual se desprende otra noción: no hay autoanálisis. Por otra parte, la segunda frase de Lacan rompe con lo externo y lo interno, desdibuja los límites al involucrar a un Otro. Entonces, el inconsciente es el discurso del Otro, supone que hay algo que no es de mi exclusividad, o mejor dicho y acá se da lo paradójico, es el discurso del Otro, pero de un Otro que está en mí, tan familiar como ajeno.

Hay muchísimo más para decir acerca del concepto de inconsciente en psicoanálisis, pero, en resumen, me gustaría que por el momento retengamos estas nociones que enlazan al inconsciente con el Otro y el discurso. Tengamos también en cuenta que una de las cuestiones más interesantes es que Freud prestó su oído allí donde se escuchaban los síntomas. Ya iremos viendo de qué hablamos cuando hablamos de síntoma en psicoanálisis, pero, en principio, me gustaría subrayar la importancia que Freud le dio al lenguaje y, como habrán advertido, Lacan retomó.

¿Por qué el lenguaje es tan importante?




[1] Freud, Sigmund: “28° conferencia. La terapia analítica”, Obras completas, Tomo XVI, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1998.

[2] Ídem 22.

[3] Ídem 22.

[4] Ídem 22.

[5] Marías, Javier: “Corazón tan blanco”, Alfaguara, Madrid, 1999.

[6] Freud, Sigmund: “Algunas notas adicionales a la interpretación de los sueños en su conjunto”, Obras completas, Tomo XIX, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1976.

[7] Borges, Jorge Luis: “El Aleph”, cuento “El inmortal”, Biblioteca de la Literatura Universal, Ediciones Sol 90, Barcelona, 2000.

[8] Orwell, George: “1984”, Planeta /Booket, Buenos Aires, 2005.

[9] Lacan, Jacques: “Mi enseñanza”, Paidós, Buenos Aires, 2007.

[10] Lacan, Jaques: “Posición del inconsciente”, Escritos 2, Ediciones Siglo XXI, Buenos Aires, 1987.

[11] Lacan, Jacques: Discurso a los católicos, en “El triunfo de la religión”, Paidós, Buenos Aires, 2007.

[12] Lacan, Jacques: “Mi enseñanza”, Paidós, Buenos Aires, 2007.

[13] Lacan, Jacques: “Posición del Inconsciente”. Escritos 2, Ediciones Siglo XXI, Buenos Aires, 1987.

[14] El destacado pertenece al autor del presente libro.

Capítulo: IX ¿Tenés muchos clientes?

A veces no logramos los resultados que anhelamos simplemente por no poder delimitar bien nuestro problema. No poder precisar correctamente cuál es el obstáculo a resolver hace que quizás nuestros modos de abordaje sean ineficaces. Esto está muy bien para muchas labores de la vida, incluso para la psicología. Pero al intentar aplicar delimitaciones estrictas a las cuestiones del ser humano, veremos que las cosas no son tan sencillas o al menos no deberían serlo.

Si hay algo que sabemos los habitantes de esta época es que los tiempos en que vivimos se caracterizan por la inmediatez. La prontitud es una de las cualidades más valoradas en nuestros días. Eficiencia, rapidez e invertir poco dinero son algunas de las características más solicitadas a la hora de contratar un servicio. Obviamente esto no garantiza la calidad del producto final, pero son las aparentes reglas del juego de la época que nos toca vivir. Como es de esperar, la psicología no queda fuera de estas exigencias que parecen estar hechas más para un local de comidas rápidas, que para lograr cambios subjetivos.

Como señalé en el capítulo anterior, a partir de este momento el libro propone una división: por un lado, las psicoterapias y, por el otro, el psicoanálisis. Comenzaré hablando entonces de las psicoterapias. Para ello tomaré como ejemplo una forma de psicoterapia que tiene amplia difusión en nuestros días, la Terapia Cognitivo-Comportamental, de ahora en adelante TCC.

Según Stanley Rachman[1] la evolución de la TCC se realizó en tres etapas: desarrollos de la Teoría Comportamental, desarrollos de la Teoría Cognitiva y, posteriormente, la fusión de ambas. Veámoslo más en detalle.

Durante la primera etapa, aproximadamente entre los años 1950 y 1970, se produjo un desarrollo en forma paralela pero independiente de la Terapia Comportamental, tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos. Ambos se concentraron en el tratamiento de trastornos comportamentales y, promocionando el uso de estándares científicos estrictos, sostenían que los problemas psicológicos eran producto de un aprendizaje incorrecto. En el Reino Unido se dio una corriente llamada Ambientalismo Calificado: los trastornos no eran consecuencia de una sola variable sino que eran considerados producto de hechos ambientales, características hereditarias, experiencias de aprendizaje y de condicionamientos. En Estados Unidos se dio lo que se llamó Ambientalismo Simplista: el problema que presentara el paciente se definía como una problemática de comportamiento puro y simple. ¿Cómo solucionarlo? Mediante un programa correctivo de condicionamiento operante. Con algunas modificaciones, repetían en pacientes psiquiátricos los efectos del condicionamiento que obtenían con animales en el laboratorio. Ahora bien, ¿qué es el condicionamiento operante? Podemos decir que es un tipo de aprendizaje, adquirido debido a las consecuencias ante la ejecución de alguna conducta. Entonces, aquella conducta con consecuencias agradables tiende a repetirse; aquella conducta con consecuencias desagradables tiende a ser desestimada. Reiterando esta secuencia de consecuencias agradables o desagradables ante algunas conductas, se produciría el aprendizaje y repetición de la conducta deseada y la desestimación de la conducta indeseada. Recuerdo un capítulo[2] de la serie televisiva Los Simpson en el que, cansado de la disfuncionalidad de su familia, Homero decide hacer “el más supremo de los sacrificios”: empeñar el televisor, y con ese dinero pagar un tratamiento psicoterapéutico familiar. Acuden, pues, al centro de terapia familiar del Dr. Marvin Monroe donde se garantiza “felicidad familiar o le devolvemos el doble del dinero”. El tratamiento en cuestión cuenta con una serie de pasos, pero es el último el que me interesa remarcar. Se trata, según el Dr. Monroe, de la “Terapia de Aversión”. Para someterse al tratamiento, Homero y su familia se sientan en unas sillas unidas por cables que transmiten corriente eléctrica. No olvidemos que la idea del tratamiento es cambiar los comportamientos de la familia Simpson. Para esto, cada miembro familiar posee en su silla una serie de botones que al ser presionados dirigen una descarga eléctrica a alguno de los suyos. Lo explica claramente el Dr. Monroe: “Cuando alguien hace un daño lo sentirá físicamente (recibirá una descarga) así aprenderá a no hacer daño en absoluto” –conducta con consecuencias desagradables, tiende a ser desestimada–. Obviamente, el tratamiento termina en un gran desastre. Todos los miembros Simpson presionan indiscriminadamente los botones emitiéndose descargas eléctricas unos a otros, cuestión que termina cuando el Dr. Monroe desenchufa las sillas y los echa. Claro que Homero no se va del lugar sin reclamar el doble del dinero –tal como decía la publicidad– para ir en busca de algo que una verdaderamente a su familia… un nuevo televisor más grande y más moderno. La terapia de Aversión del Dr. Monroe es una versión bizarra de la aplicación de teorías comportamentales. Quizás usted lo haya visto alguna vez en el entrenamiento de animales. Si el delfín realiza bien su pirueta recibe un bocadillo de pescado –conducta con consecuencias agradables vuelve a repetirse–; si el hámster toca el botón equivocado, en lugar de alimento recibe una pequeña descarga –conducta con consecuencias desagradables tiende a ser desestimada–. Hay que aclarar ahora que los estudios con seres humanos suponen una modificación en el traspaso de los conocimientos del laboratorio al ámbito clínico, es decir, fueron adaptados a la situación. Un pionero de estas investigaciones fue Wolpe, quien cambió la exposición directa a los estímulos por exposición a imágenes y, en lugar de alimentación, utilizó la relajación.

La segunda etapa en la evolución de la TCC se relaciona con los desarrollos de la Terapia Cognitiva, que ocurrió a mediados de la década de 1960 y tuvo lugar solamente en Estados Unidos. Para esta corriente, los trastornos presentados por pacientes derivan de cogniciones erróneas o de procesamientos cognitivos erróneos. La misión de las técnicas terapéuticas será identificar y evaluar al paciente para corregir luego las conceptualizaciones distorsionadas de la realidad, como así también las creencias disfuncionales que subyacen a tales cogniciones. Dicho de otro modo, el objetivo de estos terapeutas es identificar las ideas distorsionadas de la realidad que presentan los pacientes para ayudarlos a corregirlas y así lograr un mejoramiento en el procesamiento de la información y el razonamiento. Líneas más abajo veremos cómo funciona esto en algunos ejemplos.

Fue a fines de la década de 1980 cuando se produjo la fusión entre ambas corrientes –Comportamental y Cognitiva–, unión que dio lugar al nacimiento de la Terapia Cognitivo-Comportamental (TCC). Siempre siguiendo los lineamientos de Stanley Rachman, entendemos que la psicología cognitiva amplió el rango explicativo de la terapia comportamental, pues le dio contenido al intervalo existente entre los estímulos y las respuestas dadas. Más allá de pensarlo como una sumatoria de teorías, la Terapia Cognitiva cambió la manera de pensar y de aplicar las investigaciones al introducir variables mediacionales entre los estímulos y las respuestas. Si lo que se buscaba eran cambios emocionales y de comportamiento, duraderos y estables, creían necesario producir una “modificación cognitiva”.

Los datos históricos nos sirven para comprender de dónde surgen muchas técnicas psicoterapéuticas actuales, basadas en el marco teórico propuesto por las TCC: adaptación a los seres humanos de investigaciones realizadas con animales, trastornos que responden a ideas erróneas subyacentes, psicoeducación emocional, corrección de conceptualizaciones distorsionadas de la realidad, y la lista continúa.

Me interesaría señalar una serie de características de algunos tratamientos psicoterapéuticos que se manejan con este marco teórico de base. Para esto, veamos resumidamente las ideas de Sacco y Beck[3] en relación con la Teoría y Terapia cognitiva de la Depresión.

De acuerdo con la Teoría cognitiva de la depresión, el componente esencial del trastorno se ve plasmado en lo que Beck llamó “Tríada cognitiva”. Esta tríada cognitiva consiste en una disposición de pensamiento negativo que involucra una tendencia a verse a sí mismo, el mundo y el futuro de una manera negativa, que refleja generalmente un tema de pérdida subyacente (ejemplo: “Soy una basura, todo es un desastre y nada de lo que yo haga va a estar bien nunca”). Un rasgo central sería la presencia de esquemas negativos en la persona, a través de los cuales procesa los hechos que le suceden. En principio, podemos pensar estos esquemas como estructuras que sirven para otorgar sentido a las cosas que nos suceden habitualmente o con las que nos enfrentamos en forma inesperada. Antonio Semerari[4], tomando las ideas de Beck, escribe: “El concepto de esquema es, por tanto, la base de las diferencias psicológicas entre las personas, así como las semejanzas de la persona consigo misma”. Si estos esquemas se vuelven negativos o rígidos pueden producir errores sistemáticos en el modo de procesar la información, estos errores se denominan distorsiones cognitivas; algunas de ellas pueden ser: ante una situación cualquiera enfocarse solamente en sus aspectos negativos, inferir conclusiones negativas a pesar de tener evidencias contrarias o pensar en términos absolutos del tipo blanco-negro. Entonces, según este modelo, la presencia de esquemas rígidos da lugar a creencias y pensamientos automáticos del estilo “La vida es un desastre y no vale la pena vivirla”; esto produce emociones relacionadas con la tristeza, conductas que no tienen que ver precisamente con la risa, se disparan reacciones fisiológicas; en fin, debido a alguna “situación gatillo” se activarían estos mecanismos.

Según el modelo de Beck, es la presencia de distorsiones cognitivas –errores sistemáticos en el modo de procesar la información– lo que permite a los pensamientos automáticos permanecer y ser estables. Las distorsiones cognitivas no son registradas por las personas. Sin embargo, los pensamientos que surgen de ellas pueden monitorearse y ser comunicados por la persona, no son inconscientes. La finalidad del tratamiento sería que la persona carezca de esas distorsiones que le causan sufrimiento. ¿Cómo? Mediante la modificación de sus creencias erróneas se suprimirían los pensamientos automáticos y cambiarían los afectos y el comportamiento.

El tratamiento cognitivo propuesto por esta teoría está diseñado para ser breve, con límite de tiempo y con utilización de pautas estandarizadas de acción clínica. ¿Qué significa pautas estandarizadas de acción clínica? Significa que el psicoterapeuta aplica, por ejemplo, tratamiento cognitivo de la depresión según el modelo de Beck de manera estándar a todos sus pacientes por igual, lógicamente, a todos los que él considere que sufren de depresión.

Observemos algunas situaciones.

Hoy en día parecieran “estar de moda” los ataques de pánico. Entonces, supongamos que usted sufre reiteradas veces de palpitaciones, sensaciones de ahogo, náuseas, mareos y desmayos, miedo a morir y algunos otros síntomas como sudoración y sensaciones de frío-calor. Usted consulta a un médico y descarta la posibilidad de estar padeciendo alguna afección orgánica específica (intoxicación, gripe, etc.). Como usted ya leyó la primera parte de este libro descarta también la posibilidad de estar poseído, y acude a un psicólogo. No consulta a un psicoanalista, pauta una entrevista con un psicólogo que basa su trabajo en las teorías descriptas anteriormente. Al presentarse usted con esos síntomas, el psicoterapeuta, teniendo en cuenta la descripción del DSM-IV[5], quizás lo diagnostique a usted como alguien que sufre ataques de pánico. A partir de ahí le propone un límite de sesiones a la duración del tratamiento y comienzan a trabajar tratando de cambiar las creencias erróneas que subyacen a sus pensamientos automáticos, los cuales le generan esas emociones tan desagradables. ¿Cómo es esto? Supongamos que usted dice: “Cuando me subo a un colectivo comienzo a tener palpitaciones, el corazón me late muy fuerte, entonces siento que nadie podrá ayudarme, me voy a desmayar o me voy a morir porque me va a reventar el corazón, en ese momento es cuando comienzo a transpirar y a sentirme muy nervioso y angustiado”. Frente a este relato, el psicoterapeuta intentará que usted compruebe que sus creencias acerca de los desmayos o las explosiones de corazón no son válidas. ¿Cómo? Por ejemplo, le contará a usted que los desmayos son bastante comunes y que responden a diferentes causas, no necesariamente a un paro cardíaco y, además, si usted sufriera algún desmayo en el colectivo seguramente alguien lo asistiría. También le dirá y le demostrará con los medios necesarios que el corazón no revienta por latir fuerte. Incluso, podría llegar a acompañarlo durante un viaje en colectivo para comprobar que es posible viajar en ese transporte sin que su mundo se vea derrumbado.

Estas intervenciones del psicoterapeuta, que son aquí sólo un reducido ejemplo, tienen como fin cambiar las creencias subyacentes del paciente (“me voy a morir” o “algo terrible me va a pasar”) basadas en información errónea (“si el corazón late muy fuerte revienta”). Que el paciente dé cuenta de estos datos que refutan sus tesis supone que poco a poco cambie su comportamiento. Vamos con otro ejemplo:

Hacer programas televisivos que muestren la realidad de la gente es algo que abunda en la televisión de hoy en día. La cámara sale del estudio de televisión y refleja historias que a pesar de estar frente a nuestros ojos parecen pasarnos inadvertidas: la violencia de los patovicas, el descontrol de los viajes de egresados, las nuevas modalidades delictivas, los jóvenes y el alcohol son algunos de los insistentes temas elegidos por estos programas. La cuestión es que esta vez el tema elegido resultó ser las fobias. El programa presentaba gente con fobia a los espacios exteriores, las arañas, las palomas, a viajar en ascensor, a viajar en colectivo y hasta a los botones.[6] La escena en cuestión se desarrollaba en la cocina de un departamento. Allí, una joven relataba que hacía ya un tiempo que estaba concurriendo a un espacio psicoterapéutico, donde habían prometido curarla rápidamente de su particular afección: fobia a los vegetales/verduras. Para mostrar cuánto había avanzado en su terapia, la conductora le propuso a la invitada comer una hoja de lechuga. La invitada aceptó. Luego de dar mil rodeos, con manos temblorosas, se llevó la lechuga a la boca y dio un pequeño mordisco. Hasta ahí mucha tensión, pero no más. El problema llegó cuando aparecieron los tomates, las arcadas no se hicieron esperar y el llanto se hizo presente. Otra protagonista de la velada fue una chica que sufría de fobia a las palomas. Luego de estar un tiempo en tratamiento, su terapeuta decidió que era tiempo de afrontar este “trastorno”. Con presencia de cámaras televisivas se dirigieron las dos a Plaza de Mayo. La terapeuta, comida en mano, le ordenó a su paciente que alimentara a las palomas: “Dale que vos podés”. Más rígida que la Pirámide de Mayo, dubitativa y claramente angustiada, la paciente alimentaba con alpiste, pero más que nada con un susto bárbaro, a las numerosas aves allí congregadas. Si usted se hubiera encontrado en la Plaza de Mayo ese día, el cuadro que hubiera visto sería: una joven parada en el medio de la plaza, totalmente petrificada por el miedo, con un centenar de aves revoloteando sobre su cabeza. No estaban filmando la remake de la película Los pájaros de Alfred Hitchcock, era una sesión terapéutica. Al menos eso nos decían.

Si el manual utilizado por ellos mismos dice: “Evitación del objeto fóbico debido a que produce un miedo irracional”, ¿por qué exponer a estas personas a tamaño sufrimiento? ¿Para que vean que están equivocadas y sus creencias son erróneas respecto de los vegetales y las palomas?

Sobre el final de esta breve reseña acerca del proceder de algunas psicoterapias, me interesa subrayar que los métodos utilizados por estos psicoterapeutas son concretos y focalizados en los trastornos.[7] Luego de algunas entrevistas le comunican al paciente su diagnóstico y comienzan a emplear una serie de técnicas estandarizadas y específicas para su resolución. El fin del trastorno llegará cuando el paciente modifique sus distorsiones cognitivas, esto en el caso en que el paciente posea algún trastorno perfectamente identificable (fobia, ataques de pánico, trastorno obsesivo-compulsivo, depresión, etc.). También puede suceder que la persona que consulta no tenga un trastorno específico sino que consulte para obtener algún cambio en su vida. En este caso se podrían llegar a aplicar las ideas de Carl Rogers, quien considera que no es correcto llamar pacientes a las personas que consultan por este motivo, ya que el término paciente se relaciona a la pasividad y responde al modelo médico. Para estos casos, él propone cambiar el nombre de tratamiento por orientación psicológica (counselling) y al paciente llamarlo cliente. La tarea del psicoterapeuta en esta situación será acompañar, orientar y aconsejar a su cliente. Es por eso que en este caso las dimensiones personales del terapeuta son más importantes que su entrenamiento técnico.

Resumiendo: si usted va a comenzar una terapia del tipo TCC ahora sabe que se va a encontrar con un tratamiento breve y focalizado, que no postula la determinación inconsciente de alguno de nuestros comportamientos, sino que los trastornos se deben a esquemas inadaptados que procesan de forma patógena la información. Estos esquemas se expresan por medio de pensamientos automáticos y generan toda una serie de emociones desagradables. La tarea del terapeuta es actuar con empatía y en forma conjunta con el cliente para aclarar y corregir los esquemas y las creencias o tesis inadaptadas a la realidad que estos presentan.

Como verán, en esta línea de trabajo psicoterapéutico de Freud ni noticia. Pero, ¿son psicólogos? Por supuesto.




[1] En Salkovskis, P.; Fairburn, C.: “Science and Practice of Cognitive Therapy”, Oxford University Press, 1996. Material perteneciente a la cátedra de Psicoterapias II, Facultad de Psicología, UBA.

[2] La referencia remite al capítulo cuarto de la primera temporada, traducido al castellano como “Hogar, agridulce hogar”.

[3] Beckham, E. E.; Leber, W. R.: “Handbook of depression”, Segunda edición, Guilford, New York, 1995.

[4] Semerari, Antonio: “Historia, teorías y técnicas de la psicoterapia cognitiva”, Paidós, Buenos Aires, 2002.

[5] American Psychiatric Association: “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales”. Más adelante en este libro se ampliará la información sobre el uso de dicho manual.

[6] Según la conceptualización del manual de clasificación antes mencionado, la fobia es: “Un miedo intenso y persistente a objetos o situaciones claramente discernibles y circunscritos”. El manual utilizado por algunos psicoterapeutas también nos advierte que el encuentro con el objeto fóbico supone un gran incremento de la ansiedad y la angustia, es por esto que la persona trata de evitarlo, debido a que le produce un miedo excesivo e irracional.

[7] La denominación trastorno corresponde al vocabulario utilizado por estas líneas psicoterapéuticas.